Orientación en el primer llamado
Antes de decidir cualquier cosa, escuchamos qué está pasando. Salimos de la llamada con un paso concreto: a quién consultar, qué preguntar y qué no postergar esta semana.
En la página de opciones conviene ser claro: no hay un único camino ni un paquete cerrado. Lo que sigue es el recorrido habitual que proponemos, desde la primera consulta hasta el sostenimiento de la abstinencia en el tiempo. Cada etapa puede acortarse, repetirse o combinarse según la situación de cada persona y su familia.
Escuchamos qué está pasando, quién consulta (la persona que consume o un familiar) y qué se intentó antes. De ahí sale una orientación concreta: si conviene un acompañamiento individual, un espacio para la familia o una derivación a un centro de salud cercano.
Definimos frecuencia de encuentros, si el acompañamiento es presencial o remoto, y qué rol cumple la red de contención. En esta etapa también se acuerdan pautas mínimas de cuidado y se identifican los disparadores más frecuentes del consumo.
Encuentros regulares con acompañantes y psicólogos del equipo. Trabajamos rutinas, vínculos, manejo de la ansiedad y situaciones cotidianas que suelen empujar al consumo. La familia puede sumarse en instancias puntuales si aporta al proceso.
Sugerimos grupos de pares en CABA, GBA u otras provincias según disponibilidad. La idea es que la persona no dependa solo del equipo: que tenga un espacio propio donde hablar sin ser juzgada y sostener el proceso con otros.
Antes de que aparezca una situación de riesgo, revisamos qué señales previas suele haber y cómo responder. Una recaída no borra el recorrido hecho: se analiza qué pasó, se ajusta el plan y se retoma.
Con el correr de los meses, los encuentros se espacian. El objetivo es que la persona pueda sostener la abstinencia con sus propios recursos, sabiendo que puede volver a consultar si algo se desordena.
Si querés ver el detalle de cada formato, podés revisar las opciones de acompañamiento o conocer cómo encaramos el trabajo con cada persona y su entorno.
No todos los procesos empiezan igual ni necesitan lo mismo. Estos son los puntos donde nuestro trabajo suele marcar una diferencia concreta, tanto para quien consume como para quien acompaña desde afuera.
Antes de decidir cualquier cosa, escuchamos qué está pasando. Salimos de la llamada con un paso concreto: a quién consultar, qué preguntar y qué no postergar esta semana.
Un acompañante trabaja en el entorno real de la persona: la casa, el barrio, los horarios difíciles. Sirve cuando ir a un consultorio todavía es demasiado y hace falta sostén en lo cotidiano.
Articulamos con psicólogos y equipos de salud para que la persona no quede sola entre una consulta y la siguiente. Frecuencia, objetivos y seguimiento se acuerdan según cada caso.
Trabajamos con madres, parejas, hermanos y amigos que ya no saben cómo hablar del tema. Pautas de comunicación, límites claros y cuidado propio para no sostener todo en soledad.
Reconocemos señales tempranas, armamos un plan para las situaciones de riesgo y revisamos qué hacer si algo se desarma. La recaída no cierra el proceso, lo reordena.
Conectamos con grupos de apoyo en CABA, GBA y otras provincias, y ayudamos a elegir el que mejor encaja. También orientamos sobre cómo evaluar la primera reunión antes de comprometerse.